lunes, 12 de julio de 2010

EXTRACTO DE CARTAS A ESTANISLAO. Fernando González.

¿Hemos cambiado? No me gusta copiar ideas ajenas en el blog pero esta carta de Fernando González publicada en "Cartas a Estanislao" me parece que merece una difusión. 
La fuente es Cartas a Estanislao. Medellín, Bedout, septiembre de 1972, p.p. 140 - 145. Número total de páginas: 154. Versión digital por la corporación OTRAPARTE http://www.otraparte.org/inicio.html Aprovechen para conocer este magnífico genio de la autenticidad.
Envigado, abril 23 de 1935
A monsieur Auguste Bréal.
Marsella Sainte-Marguerite.
Muy querido amigo:
Anteayer me llegaron las pruebas de Pages Choisies de Fernando González. Me alegré mucho. Esas páginas vienen a mí embellecidas por usted, vertidas al idioma en que oí palabras que me embriagaron y que hoy, en mi prisión de montañas, no me dejan gozar del instante. Prisión de montañas, telarañas de prejuicios: no hay hombres libres, ni cuerpos hermosos, nada de juventud. Niños que están sentados en los quicios de sus pobres casas, entretenidos con sus fosas nasales, creyendo que de allí están sacando a Dios. ¿Sabe usted lo que sacan? Me da pena contárselo, pero yo se lo prometí y no vaya a decir que soy vulgar. Sacan uno..., y dicen: “El general Berrío es un superhombre”. Sacan otro, y paladean así: “Olaya es ‘el primer hombre de Colombia’”. Y no le digo las otras cosas que sacan de las narices estos colombianos, porque hoy cumplo cuarenta años, o mejor, esta noche, y quiero recordar a mademoiselle Tony, a Teanós, a“Salomé”...; hoy he jurado eterno olvido a las juventudes liberales y conservadoras de mi patria. ¿Cómo recordarlas, si uno, hijo de mi amigo Fidel Cano, sacó una gran mucosidad y dijo: “Nuestro presidente Alfonso López es el hombre que le hizo falta a Europa en 1914”? Así son aquí, creen que el universo existe para ellos, que se mueve para ellos, y en realidad que esta humanidad que mora en los Andes es lo más feo del culo de la Tierra. ¡Cumplir uno los cuarentaaños entre estos liberales y conservadores! ¡Maldita sea, don Augusto!
Pues sí; hoy acarician mi oído las frases de amigos y amigas de allá; son obsesiones musicales. Al recibir tales páginas, supe lo que experimenta el padre cuyo hijo vuelve de lejanas tierras, con otros idiomas y otras maneras. Ya puedo asegurar que los instantes felices de la edad madura se componen de nostalgia, un poco de vanidad, un mucho de tristeza, otro de conciencia del tiempo fugitivo, sensación de canas, de muerte, etc., etc... En estos etcéteras están estas frases demademoiselle: “Ne fais pas ca, Fernandó!...”; “Comme, tu es gentil!...”, y lo que usted dijo y que Margarita me contó: “¡Si González fuera francés!”.
¿Vanidad? Venga el nombre que quieran, que yo sólo sé que he gozado mucho y que esa frase me ayuda a vivir entre generaciones educadas en la miseria, entre el robo y las pasiones bajas.
Desde mis primeros años juré enemistad a mis compatriotas nacidos y criados en ambiente de liberalismo y conservatismo; juré luchar sin tregua para que venga a Colombia la buena conciencia, la sobriedad, el desenfado con que los hermanos cristianos caminan por las colonias.
Pero usted no conoce las colonias... Usted no sabe qué cosa tan fea son las colonias. Son los pueblos de América Latina, criados en el pecado. Tienen vergüenza de lo suyo; se ocultan; simulan.
La esencia de Suramérica, don Augusto, es la vergüenza. Ella impide que se manifiesten. A causa de ella, no tienen personalidad. Por eso, son simuladores, infieles, indignos de fe.
Así, pues, para hablarle de mi obra, desvergonzadamente, le diré que su valor consiste en haber dado en el clavo. En “Mi Simón bolívar” está la verdad de Suramérica: el sentimiento de pecado. En mis otros libros está el remedio: crear una juventud en la desfachatez, en la sobriedad de caminantes a pie. Esa es mi obra. Para entenderla, es preciso vivir en las colonias, en esos pueblos que no quieren ser lo que son, que simulan gustos, maneras, pasiones y sentimientos; gentes apachurradas por religiones, gustos y modos de conquistadores. De ahí, mi estilo: digo lo que pienso; digo que Dios está también en el excusado; digo las palabras que viven en el interior de mis compatriotas y que no pronuncian porque tienen vergüenza. Soy ¡un desvergonzado!
Me pide usted que le cuente bien en dónde vivo, que le describa el lugar, que le cuente lo que desean aquí los hombres, cómo viven, cómo aman, qué ejecutan y cómo mueren.
Pues, hombre don Augusto, es en Envigado, bajo las ceibas, guaduas, carboneros, cañabravas, balsos, guamos, guayabos, sobre todo, entre gramíneas. Hay qué ver esta familia en el trópico colombiano. La grama es la que cubre los prados, yerbita del verde más propicio para los ojos, cuyas raíces se entrecruzan en red tupida hasta diez centímetros entre la tierra, formando así los cepesdones. Dé usted ocho barrazos para cortar un cuadrado de veinte centímetros; meta la barra y levántela en forma de palanca y así tiene el cespedón o capote y sus narices reciben la tufarada de la tierra desvirgada de Colombia: huele a nalga de juventud; huele a Eva; huele amademoiselle Tony esta bendita tierra colombiana.
Y de mamelones y montañas bajan entre piedras y pedruscos los riachuelos, torrentes, quebradas y amagamientos, y por ahí lavan las muchachas campesinas, vestidas de muchos colores, y usted, desnudo entre el agua, las alcanza a ver por allá y le parece que son las princesas más encantadas. ¿No le da gana de venirse para Envigado?
Pues no se venga, querido amigo, que la parte humana es terrible: está entregada a sacar mocos.Mocos es lo que piensan el hijo de don Fidel Cano, Alfonso López, Olaya, Arredondo, los muchachos que dizque estudian en las universidades... En los aviones, mocos es lo que viaja, y por las radios, mocos es lo que dicen. Esto es lo curioso, que creen que están pensando en Dios y mejorando el mundo. Son como el niño que vi en Bogotá, en diciembre, que comía mocos inocentemente y que me dijo: “¡Qué pereza ser grande, pues ya no puede uno comer mocos!”.
Es en Envigado, en Villa Bucarest, en donde habito. Es un vallejuelo formado por un río y circuido de altas montañas. La villa mira para occidente, limitada la visión por la cercana cordillera. A la derecha y al frente, lejos, está el boquerón, cortada, en forma de media luna, que tiene la montaña, y hacia él se dirigen mis ojos cuando recuerdo a mademoiselle Tony... Pero... ¡alta y difícil salida de esta prisión! ¿Cómo volver a mi consulado, si mandan los comemocos?
La casa es de corredores que la rodean separados del prado por baranda de un metro de alta. Al frente del corredor delantero, por donde me paseo recordando, y soñando con la juventud que voya crear, hay un prado de sesenta metros en donde organan los mayos y en donde le doy de beber ala vaca. Ahí estoy, sentado en el brocal del pozo, revolviendo la aguamasa. La vaca bebe y bebe, despacio, y de vez en vez levanta el testuz, saca la lengua áspera y la introduce en las húmedas fosas nasales, me mira y me suelta el vaho que huele a leche, a ternero, y yo me acuerdo demademoiselle Tony... La vaca es de fondo blanco, y tiene grandes manchas amarillas; el testuz y las patas finas; por el cuello se va yendo la energía vital, chorreando por el cuerpo hacia la ubre; ahí está su esencia. Toda vaca lechera tiende a la ubre.
¿Qué pienso? Pasan los tranvías, y la gente mira y yo pienso: aquí soy un desterrado que vive al lado de su vaca y que no tiene vergüenza de estar dedicado a revolver la aguamasa.
Del prado sigue la carretera y luego una casa con huerto lateral, en donde hay un balso, árbol alto, ramas separadas, hojas grandes, sinvergüenza como un hermano cristiano en las colonias, o como mi alma cuarentona. Produce un fruto de cinco cápsulas, grande, que contiene lana, con la que fabrican colchones; lana sedosa que sirve para que emigren las semillas, aviones de los futuros balsos. ¡Si usted viera mi prado y mi cielo cuando el balso está frutecido, de parto, y la brisa sirve de comadrona! Pero no se vaya a venir, que le venden “El Tiempo”, en donde le pagana la juventud por comer mocos, en donde compran a toda la juventud. Es lo único a que tengo vergüenza, a que mis amigos de allá lean el periódico de los Santos...
Al otro lado de tal casa hay un madroño, cono verdioscuro, árbol religioso, que produce frutos amarillos, agridulces y de corteza amarga. Mira usted esos dos árboles y le sale involuntariamente esta pregunta: ¿Por qué no hay hombres bellos en Colombia?
Los dos árboles emergen de las tapias del huerto y también emergen copas de arbustos, y hay uno que resolvió en este mes de abril, para festejar mis cuarenta años, echar en la extremidad una flor roja que me hace cosquillas, y me hace resistir y protestar.
Siga usted con la vista y ve los solemnes sauces, cañabravas y guaduas que se balancean religiosamente en las riberas del Aburrá. Luego se va empinando la montaña... Son infinidad de verdes, muchos verdes, y, por último, me sucede que, acosado por recuerdos de amistades, atrevimientos y bellezas, giro los ojos a la derecha, en busca del boquerón, y exclamo: “¡Virgen del Perpetuo Socorro, devuélveme al Mediterráneo, que me comprometo a no volver a acostarme con la mujer única de la calle de Roma!”.
¿Cómo viven y que ejecutan? Están divididos en liberales y conservadores. Liberal, el que ama aOlaya, y conservador, a Laureano. La conversación es acerca de “cuál es más verraco” de esos dos hombres. Mientras discuten, beben aguardiente de caña, y luego gritan vivas y riñen con machetes. Los jueces están para fallar “heridas y riñas”. Con esos dos jefes están los respectivos senadores, representantes, diputados, etc. Estos son también financistas. Gerentes decompañías anónimas.
Compañía anónima es una cosa propia de Colombia. Los gerentes y juntas directivas son los diputados; dicen, por ejemplo, que es para sacar petróleo: el pueblo suscribe acciones; los hijos de algún Olaya se van para Estados Unidos a comprar taladros... Usted comprenderá que el petróleo lo sacan del pueblo.
¿Qué trabajan? Discursos para que los elijan al congreso y “comprar y vender acciones”.
¿Cómo aman? A todas, durante seis meses, y luego entran a la casa de San Ignacio, se confiesan y están castos durante dos días.
¿Cómo mueren? Confesados. Le entregan al cura unos cien pesos, en calidad de restitución de millones robados, y el cura dice a las señoras de la casa: “No se les dé nada, mis señoras, que murió con todos los sacramentos”.
¿El pueblo? Siembra plátanos, café, suda, tiene uncinariasis, paludismo, descalzo, andrajoso, bebe aguardiente, grita vivas a Olaya y a Laureano... ¡Aquí no hay más pueblo que los árboles!
Hasta muy pronto, hasta pronto, quiero creer que será hasta pronto

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